viernes, 16 de mayo de 2014

Cantando a la primavera


Sólo con acercarme un instante, con ver tus manos de cerca, las pecas de tu cara, la finura de tus labios, los rizos mareantes de tus cabellos.
Sólo con sentir cómo tu voz hace eco en mi mente y tus labios se curvan en sonrisas. Cómo me miras bajo el cristal oscuro que guardan tus ojos del sol, te hago mío.

Caminar a tu lado, mientras nuestros brazos se rozan por inercia, se asemeja a esas noches en las que te tumbas en el césped o te acurrucas en un árbol, para ver una película proyectada en el cine de verano.
Sólo caminando me entra la risa tonta, mientras me coloco un mechón de pelo detrás de la oreja. Parezco un poco loca, pero igualmente te contagio y nos reímos como tontos bajo los rayos del sol, mirándonos como almas desinhibidas.

Entonces, pruebo tus labios y siento como si un montón de confeti volara por el vagón de un tren, mientras recorre las ciudades más bonitas del mundo y llueve en el exterior. Un rubor ardiente se extiende por mis mejillas, que se encienden como cerillas al notar el tacto de tu lengua sobre la mía. Siento el calor y el sudor que desprende tu cuerpo, entonces te imagino tumbándome en la cama, una y otra vez. Mientras nuestras lenguas hacen acrobacias, me tiras sobre la cama, jadeando; me tumbas en la cama, despacio, besándome el cuello; te echas sobre mi y nos caemos en la cama, riendo y besándonos. Una y otra vez. Una y otra vez.
Mientras tus manos acarician mis mejillas y recorren el largo de mi cuello me siento caer. Caer como Alicia en el hoyo mágico. Pero vuelvo a caer en la cama, donde el vaivén de tus caderas se parece a la danza del vientre y tus muslos aprisionan los míos. Siento como tus manos aprietan mi cintura contra ti, profiriendo suspiros, continuando con el ritual de besos.

Mi cabeza vuelve a esa cama, donde la velocidad de tus manos al quitarme la ropa y rasgarme la piel es sobrehumana. Respiramos como depredadores al coger aire, entre susurros y movimientos, nadamos en la emoción de nuestros ojos, guiándonos como dos faros en esta noche de pasión. Nos unimos, balanceándonos el uno sobre el otro, rozando nuestras boca, acariciando cada poro de la piel. Te veo alzarte ante mí desvistiendo al deseo, escuchando el pálpito de tus parpados y la alegría sobresalir de tus ojos.

Sólo escucho tu corazón, el recorrido del sudor bajando por tu espalda, las sábanas crujir entre tus piernas, la libertad de tus pulmones al respirar. Vuelvo a caer, embrujada, en un hoyo mágico de besos, de rayos de sol y risas tímidas. Vuelvo a caer en tus brazos, que sostienen mi cintura mientras tus labios experimentan con los míos desafiando a la primavera.


La nostalgia invadió mi espíritu al abrir los ojos y mirar al frente. Bajo el inmenso calor me veo atrapada en la inmovilidad de todo mi ser, anclada en la tierra pálida de tus pisadas. Deshojada de toda pasión, avanzo inquieta observando tu cara en la lejanía, mientras tus labios rozan tus manos, besadas por el sol. En mi interior deseo que tú también lo hayas sentido, ese canto a la primavera, esa sensación de la sangre correr por las venas. Mis ojos te buscan, y al encontrarte siento volver a esa cama, temblando de amor.

Estoy segura de que la tierra se estremece, quizás de placer, probablemente de dolor.

domingo, 11 de mayo de 2014

Mientras relucían las estrellas


Tu recuerdo se ha vuelto efímero,
se ha distorsionado con la caída de la noche.
No recuerdo cómo es el sonido de tu voz,
no reconozco el color de tus ojos,
y el viento se ha llevado el tacto,
imaginario,
que sentí al ver tu piel.

Siento que he perdido el latir de tus recuerdos,
dejándome una herida abierta, de la cual
no para de brotar el sonido de tu voz y
los agudos de tu risa.
Me has dejado una herida abierta, 
que se siente como fuego, ese fuego
que refleja el sol en tus pupilas;
un vacío incómodo en el estómago.


La cama me absorbe.
Giro a un lado, me tapo, entra viento por la ventana.
Hace frío.
Me levanto y la cierro despacio.
Vuelvo a la cama, me vuelve a absorber.
Me destapo, tengo calor.
No te encuentro en mi memoria.
Vuelvo a abrir la ventana, seguro que así vuelve 
el susurro de tus labios chocando contra mi piel.

La cama me enferma, la herida se vuelve más grande
y tus recuerdos siguen siendo efímeros. 
Siento que me deshago de la piel, como una cambia pieles,
que mis ojos se vuelven rojos y necesito buscarte,
y saciarme de tu sed.
Descendía trémulo por las sienes y las costillas un sudor,
ruborizante, mientras la luna, vieja y cansada, 
hacía eco del claro grito de mi voz al buscarte.