domingo, 9 de marzo de 2014

Marzo


Tumbada en la cama sonrío y evoco tu recuerdo, bailoteando con los dedos sobre la piel desnuda que cubre los huesos de mis caderas.

Las letras de las sábanas, páginas que cubren mi cuerpo, se deslizan por la curvatura de la espalda para bañarse en los hoyuelos de Venus; "Oh Capitán, mi Capitán", susurrabas con voz aterciopelada mientras me citabas a Whitman. Así eran las noches, horas dulces de poesía, horas de vapor en las ventanas y de canciones rasgadas, desolladas.

Me decías al oído: "Existo como soy, con eso me basta, y si nadie lo sabe me doy por satisfecho". Y yo suspiraba y me sentía pequeña e insignificante, pero me besabas y derramabas más letras sobre mi cuerpo. Tú eras poeta y yo calentaba tu almohada, expectante a cualquier historia, cita o melodía. Viajaba sobre mares oscuros, segunda de abordo en un barco de pensamientos.

"Que tú o yo, sin tener un centavo, podemos adquirir lo mejor de este mundo", ¡cómo sonaban dichos versos en tu boca! Cada vez que oía un extracto de Whitman o de Fernando Pessoa, de poetas totalmente diferentes, mi alma corría a por maletas: una camiseta por aquí, tres pantalones por allá, ropa interior de fácil desenvoltura, mapas clásicos, libretas y libros, muchos libros. Mi alma quería comprar los billetes con el destino más lejano que tuviera cualquier estación e irse, contigo, con tu alma. Pero nos quedamos aquí, entre las sábanas de letras, entre versos y sudor.

Un día, las letras de las sábanas que creí interminables comenzaron a desparecer, y con ellas tú. Me quedé esperando con velas encendidas y la ventana cerrada, por si se te ocurría tirar piedrecitas, pero nunca llegó a azotarla otra cosa que no fuera el viento o la lluvia. Los cristales ya no se empañaban de sudor y versos, solo se mojaban de lágrimas que caían del cielo.

Las sábanas quedaron mudas, ya no contenían letras, ya no se enredaban las estrofas en mi pelo.