domingo, 28 de octubre de 2012

Las agujas del reloj

[...]Lo triste es que por mucho que las agujas del reloj retroceden, los hechos no se pueden cambiar -ni olvidar-

Los rayos de sol entraban por las parcas ventanas del comedor, mientras que las ruedas de los carros del desayuno producían eco en los pasillos.
Las enfermeras nos despertaban relatando historias. Nos ilusionaban con que si éramos buenos y nos lo comíamos todo algún día podríamos volver a salir de aquel infierno, podríamos tener visitas y recibir alguna llamada -cinco minutos- de nuestros padres.

Eran Los Juegos del Hambre, juegos en los que teníamos que luchar a muerte para salir con vida de aquel lugar. Juegos en los que los niños se herían unos a otros con cuchillos, con tapas de bolígrafos y con trozos de madera que arrancaban de las mesillas de noche. Juegos en los que la sangre bramaba de sus delicados cuerpos -dejando millones de cicatrices-

Fueron 10 días de soledad, de angustia, de reglas, de protocolos, de sueños que erraban por mi cabeza. Fueron días de gritos, de forcejeo, de camas con cinturones de fuerza, de salas acolchadas, de inyecciones tranquilizadoras.
Días desnudos, de vigilancia continua, de recelo, de lágrimas, de pañuelos mojados, de cartas que nunca llegaron a recibirse, de pastillas...
Ojalá pudiera decir que cuando "los juegos" terminaron todo volvió a ser como era antes. Pero todos estos recuerdos hicieron mella en mi interior, reproduciéndose cada noche en forma de pesadillas horrendas [...]

En memoria de todos los niños que gritaron sin abrir la boca, en mi memoria.

martes, 16 de octubre de 2012

Se avecina la noche


Cuando se avecina la noche, unos brazos largos se apoderan de mi cuerpo. Lo manejan a su antojo, paseándolo entre  calles desiertas y silenciosas, entre parques oscuros y apagados. Lo manipula como un ventrílocuo maniobra con su triste muñeco.
Suspiros penetran en mis oídos, hechizándome. Mis ojos se convierten en grandes cavidades oscuras, reflejo de lo que se introduce lentamente en mi interior.

Dos almas se baten en duelo. Una danza como un cisne, blanco y celestial, mientras la otra, aguda como un felino, ataca lentamente. Ataca de frente, con golpes silenciosos, mediante discretos movimientos. Luchan de forma incesante, una con destellos de esperanza y otra con lágrimas negras.

Mientras, mi cuerpo se apaga lentamente. Camino con la mirada perdida, sin ver nada, porque todo carece de luz.  Lluvia desciende del cielo, calando cada uno de mis huesos, mientras truenos retumban por el espacio.

 La tormenta se produce al compás de mi lucha interna. En el exterior, el agua cae agresivamente, como si quisiera dejar marca en cada una de las baldosas del suelo. En mi interior, el agua se desborda entre los poros de mi piel y las cañerías del baño se atrancan.

Ahora  mi cuerpo yace en el frío mármol del suelo. La lucha ha terminado pero no se quien ha vencido.