miércoles, 30 de noviembre de 2011


De hito en hito, posaba mis ojos en los suyos.
Captaban cada mota de color, cada forma imperfecta y a su vez, perfecta.
Contemplé en ellos como dos figuras se acercaban lentamente y comenzaban a amarse.
Labio con labio. Cuerpo con cuerpo. Mano con mano.
Lentamente acerqué mis dedos a su piel.
Hechizada. Embrujada. Extasiada.
Así me sentí, entonces me acerqué más,
 sintiendo como si una fuerza sobrenatural penetrara en cada poro de mi cuerpo. 
Me abandoné. Me dejé embrujar. Sentí.

miércoles, 23 de noviembre de 2011


No sé lo que siento.
No sé a dónde voy, ni a dónde puedo ir.
Me siento desorientada, 
sumida en una profunda niebla que se mete en mi mente
 y oscurece todo lo que va encontrando a su paso.
Todo allí es grande.
 La soledad, con sus mil rumores desconocidos, 
vive en aquellos lugares
 y embriaga el espíritu con su inefable melancolía.

(Gracias, amigo Bécquer, por inspirarme en mis malos momentos)

domingo, 13 de noviembre de 2011


Eran amigos, también podríamos decir que eran amantes. eran cómplices de miradas, eran cazadores de sonrisas y de gestos.
Él era esa parte alegre que su corazón había perdido y ella, la dura realidad que él tanto trataba de evitar.
Eran dos y a su vez los podríais ver fusionados en uno. Era desconocidos, unidos por la soledad que se abría entre todo ese bullicio de la noche y el día.
 Él era la inhalación y ella la exhalación. Él era quieto y silencioso y ella estallaba a su alrededor como fuegos artificiales. 

jueves, 10 de noviembre de 2011

Corre, corre en su busca; pero al llegar a un extremo de la calle se detiene, como el tiempo, y permite que una ráfaga de aire penetre en sus pulmones, convirtiendo así sus pesares en convulsiones, convulsiones que poco a poco se trasformaron en seguidas carcajadas; carcajadas sonoras, estridentes, melancólicas.
Camina, camina en su busca; pero tiene miedo de no encontrarle, de haberle hecho esperar demasiado, de haberle herido en lo más hondo.
Tiembla, pero no se detiene, da un paso más y rodea la esquina asomándose a la travesía que abría las diferentes calles, y es allí, a lo lejos, bajo la lluvia donde lo ve.
Corre, corre en su busca; pero al llegar a un extremo de la calle se detiene, como el tiempo, y permite que una ráfaga de aire penetre en sus pulmones, convirtiendo así sus pesares en convulsiones, convulsiones que poco a poco se trasformaron en seguidas carcajadas; carcajadas sonoras, estridentes, felices.

jueves, 3 de noviembre de 2011


Miedo
de quererte sin quererlo
de encontrarte de repente
de no verte nunca más.